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martes, 7 de diciembre de 2010

La Mansión II - Capítulo 2º


Sombra by:PegasusFenix (Deviantart)

Capítulo 2º
Sin Sombra

Los pasos se escuchaban en el inmenso pasillo, pero la tormenta hacía que sus pasos se convirtieran en murmullos. Lo que no conseguía ser ocultado por la lluvia y el rugir de los truenos eran esas palabras, un conjunto de estrofas sin sentido que repetían una y otra vez. Gustav avanzó hasta ponerse a escasos metros de la puerta,  un escalofrío le recorrió la espalda al escuchar más de cerca los bisbiseos de las brujas y los agonizantes gritos de una muchacha indefensa ante ellas. Empujó con sus manos temblorosas la puerta pero un grito desgarrador le dejó petrificado, apartó sus manos de la superficie y retrocedió asustado, cuando se percató de un sonido tras él, se giró lentamente hasta verla a ella observarle con esos ojos inexpresivos. Blanca se movió hacia la gran  puerta de madera haciendo esos extraños sonidos de engranajes al moverse, y la abrió de par en par mostrándole al muchacho la macabra escena que se escondía tras la puerta. Gustav llevó su mano al rostro, y observó el interior; una habitación pequeña, iluminado con unas tristes velas que daban una tenue luz a lo que pasaba dentro, ellas seguían con su ritual, repitiendo esas palabras. Las cuatro rodeaban a la chica y entonces supo lo que ocurría, por fin comprendió que tenía que actuar rápido.  Se aproximó hacia las cuatro brujas que permanecían ignorando la presencia del chico, apartó bruscamente a una de ellas y lo vio.  La chica se encontraba tendida en el suelo dentro de una especie de dibujo, no tardó en descubrir que se trataba de esa estrella de cinco puntas. Su cuerpo yacía totalmente desnudo e impregnado en sangre, que aún emergía de ella. La habían abierto en franja sin pudor, destrozando sus huesos, penetrando su carne y desgarrando su fina piel. Las viseras se asomaban por el gran hueco que se extendía desde la garganta hasta la parte inferior de su vientre, y se esparcían por el suelo.
Gustav miraba afligido el cuerpo de la pobre chica, y no pudo evitar encontrar similitudes con la niña que halló en el bosque. La rabia se apoderó de él. Había vuelto a fallar, había permitido otra muerte estando tan cerca de esa joven y pudiendo haberla salvado.
– Sé que estás enfadado –. Dijo Éline levantándose del suelo –.  Sé que ahora mismo quieres matarme. No te molestes, no puedes hacer nada. Es frustrante, lo sé. Pero perderías el tiempo –. Continuó  secamente.
Gustav la miró con odio. Todo lo que había dicho era cierto, quería matarla, quería hacerla sufrir y acabar con su existencia. Por desgracia ella tenía razón y era lo que más le importunaba, era intocable. Cualquier intento de dañarla era imposible.
Se acercó al chico, le miró durante un instante y se marchó sin más.  Gustav sintió como una mano fría le alcanzaba, se agitó sobresaltado y miró a Natalie que permanecía oculta tras su larga túnica negra. Apartó su mirada de la de ella y se retiró rudamente, Natalie dejó una daga ensangrentada en una bandeja de plata que Camille le proporcionó.
– ¿Por qué? –. Musitó.
Natalie apartó la capucha de su cabeza, sabía la respuesta a su pregunta, pero no debía saberlo. Optó por marchar en silencio a sus aposentos.


Sus manos estaban por todo su cuerpo. No paraban de tocarla, se sentía más que incomoda con esos toqueteos. Encendió la luz, y los encontró a los tres sonriendo pícaramente.
– Os agradecería que quitarais vuestras manos de mí. Que tengamos que dormir los cuatros juntos no os da motivos para tocarme más de lo debido –. Dijo
Béatrice apurada. Bill y Georg apartaron sus manos rápidamente. – Tom, también iba  por ti.
El chico quitó su mano del muslo de la chica, y sé cruzó de brazos enfurruñado.
– Qué más te da –. Dijo él –. ¿Por qué no imaginas que somos tú querido Gustav? –. Añadió con una mirada lasciva.
Las mejillas de Béatrice se encendieron en un tono carmesí. Dirigió rápidamente su mano al interruptor y terminó la conversación con un “buenas noches”.

Estaba sumergido en un sueño profundo cuando el chirriar de la puerta despertó a Tom. Se elevó sobresaltado hasta quedarse sentado en la cama, y miró la puerta que permanecía entre abierta, apartó la mirada para ver a sus amigos, y faltaba uno. Bill no se hallaba durmiendo, entonces se tranquilizó, seguro estaría en el lavabo y volvió a acostarse. Reposó su cabeza en la almohada y cerró sus ojos dispuesto a seguir durmiendo. Pero, la puerta volvió ha emitir un chirrido y una tenue luz se hizo en el pasillo. Tom salió de la cama, dispuesto a saber quién le estaba importunando a estas horas de la noche. El chico salió al pasillo, y vio la sombra de su hermano proyectada al final del pasillo por la poca luz del corredor.
– ¡Bill! –. Dijo en un susurro –. Se puede saber que demonios haces. Deja de hacer el idiota y ven a dormir.
La figura esquelética del muchacho se movió levemente y sus dedos se retorcieron.
– ¿Bill? –. Dijo Tom acercándose a él lentamente.
Pero no hizo ni dijo nada, sólo parecía estar observándole desde un punto desconocido del corredor. Tom se detuvo. No era normal en su hermano este comportamiento,  estaba demasiado extraño.  Avanzó lentamente y quedó a escasos metros de esa figura alargada y escuálida que no se inmutaba por nada.
– Bill –. Dijo Tom con voz temblorosa.  La sombra huyó de él, Tom avanzó rápidamente  girando la esquina que le impedía verle, pero ahí no había más que las escaleras envueltas en una oscuridad que no le permitía ver más de cuatro escalones.
– Bill –. Llamó nuevamente. Y el silencio le recibió otra vez. Tom estaba cansado de estar jugando con su hermano, tenía sueño y no iba a soportar  las tonterías de Bill, por eso decidió volver a la habitación. Volteó para volver a su habitación, cuando en medio del pasillo encontró a Béatrice. Ella le miraba confusa, cuando Tom estuvo cerca de la chica le habló.
– El idiota de mi hermano me está vacilando –. Replicó enfado en voz baja.
– Tú hermano –. Dijo Béatrice señalando al frente.  Tom miró la dirección en la que iba su dedo y le volvió a ver, esa figura alargada y delgada con esa gran melena alborotada.
– Será pesado el maldito chiquillo este –. Dijo Tom.
– Tom –. Dijo Béatrice –. Y si no es tú hermano…
– ¿Y quién entonces? ¿Georg no los pelos engrifados?
– No me refería a eso…
– No voy a malgastar mi tiempo, vayamos a dormir.
La puerta del baño se abrió de golpe, y Bill salió de él.
– ¿¡Bill!? –. Dijeron los dos chicos sorprendidos. Él bostezó y les miró indiferente.
– ¿Qué?
Béatrice y Tom se giraron, y la sombra seguía allí. Quieta.  El chico estaba confuso, mientra que los rostros de sus amigos estaban sumergidos en espanto.
Béatrice miró a Bill que seguía sin explicación a su extraño comportamiento, ella empezó a  buscar en el suelo la sombra de su amigo. Bill carecía de sombra, pero en cambio en la pared del final del pasillo se proyectaba una figura semejante a la suya.
– Bill… no tienes sombra –. Dijo en un susurro tembloroso.
– ¿Qué dices? Eso es imposible –. Dijo Bill dando vueltas y buscando por todos lados. El chico dejó de girar y miró la sombra que se extendía en la pared del fondo, avanzó decidido hasta ella y la observó preocupado. La sombra empezó ha hacerle señales con la mano; pidiéndole que se acercara. Bill estaba confuso y dudaba de si acercarse más. Extendió la mano, y palpó por la superficie de la pared delicadamente, sintió un tacto muy diferente al que debería tener una pared,  parecía ser tersa y calida. Apartó la mano, y entonces, el brazo derecho de esa figura negra comenzó a moverse hacia él, saliendo de la pared que era equivalente al humo del tabaco. Bill se apartó temeroso, pero fue más rápido y de una manera repentina la mano se metió en la boca del muchacho introduciéndose dentro de él.  Bill sentía como su garganta ardía y esa sensación penetraba en él hasta lo más hondo de su cuerpo.
– ¡¡Bill!! –. Gritó Tom corriendo hacia él. Este estaba de espaldas, moviéndose de una forma extraña.  Se giró repentinamente, su rostro se exponía pálido y sus mejillas estaban hundidas de una forma escalofriante. Sus ojos inyectados en sangre les observaba a ambos de una manera aterradora, y su boca entre abierta revelaba colmillos, largos y amenazadores que cubrían  toda su boca.
Bill abrió la boca de manera sobrehumana y se lanzó hacia ella en un movimiento rápido y contundente.  Sus afilados colmillos se encontraban alrededor de su cuello, desgarrando su fina piel. Tom reaccionó al instante, separando la cabeza de Bill del cuello de ella. Georg al ver a la chica en ese estado, tuvo que intervenir, propinándole a Bill un fuerte golpe que hizo que cayera por las escaleras.
Béatrice se levantó con la ayuda de Georg y Tom, desprendía demasiada sangre, pero esto aún no había acabado, tenían que encontrar a Bill antes. Tom se aproximó hacia las escaleras; los jadeos de su hermano similares a los de una bestia enfurecida  se escuchaban por la planta baja.
– Béatrice, será mejor que te quedes aquí –. Dijo él mientas cogía un candelabro.
Ella aunque quería ayudarles, en su estado no sería más que un estorbo. Béatrice fue en dirección del baño en un intento de ir a curar esa horrible herida.
Los pasos apresurados del chico se escuchaba a su alrededor,  tirando a su vez los distintos objetos  del mobiliario del hostal. Tom desconocía la posición de su hermano… o de lo que quedaba de él, y eso les ponía en una gran desventaja.
– ¿Cuál es el plan? –. Susurró Georg al oído de Tom.
– No lo sé, por ahora tenemos que encontrarle y atraparle –, respondió –. No quiero hacerle daño –. Concluyó en tono melancólico.
La llama de la vela osciló, por un instante pensaron que se extinguiría dejándoles a merced de la oscuridad y ese ser que se escondía entre ella.
Tom se iba aproximando cada vez más a la pared lateral, cada vez se encontraba más cerca, y a su vez del  lugar donde se ocultaba su hermano…
Béatrice presionó con una toalla la herida causada por el muchacho, la sangre seguí brotando. Y no encontraba vendas ni semejantes para la herida. Y entonces lo inevitable pasó, sus ojos comenzaron a cerrarse lentamente y lo siguiente que vio fue el rostro de Bill y el interior de su boca brillar.  Béatrice resurgió al instante de haber caído, algo de suma importancia había sido visto y tal vez esa era la salvación de Bill.

Palpaba la superficie de la pared, intentando guiarse en la oscuridad, la llama volvió a oscilar nuevamente.
– Bill –. Dijo Tom entre dientes.
 Avanzó rápidamente y apretó el interruptor, la luz se hizo en la sala pero en ningún lugar de esta se encontraba él. Dejó el candelabro en la mesa y avanzó por la gran estancia. Sintió una corriente de aire pasar tras de si, Tom y Georg se giraron al instante y allí estaba él, colgando del techo con unas largas y afiladas uñas negras esperándole, Bill se movió rápidamente y calló justo delante de su hermano, él rehuyó sus garras, pero su mano consiguió alcanzar su rostro, arañándole desde la parte inferior de su oreja hasta el comienzo de sus labios. Tom intentó defenderse de él  dándole una  patada en el costado izquierdo, pero no pudo, porqué Bill huyó por encima de sus cabezas dejándoles a ambos anonadados. Dirigió su mano a la mejilla, estaba empapado en sangre, buscó con la mirada a su hermano y lo encontró subido en la gran lámpara que se columpiaba en el techo. Tom agarró el candelabro que residía sobre la mesa y esperó paciente a que Bill fuera a por ellos. Georg vaciló un instante, pero se puso a la altura de su amigo. Le cedió el candelabro que portaba en sus manos, Georg comprendió que él era incapaz de dañar a su hermano y a pesar de que él mismo tampoco pudiese debía hacerlo por el bien de los cuatro.
Bill se movió rápidamente por el techo del hostal, como si de una araña se tratase desafiando totalmente la gravedad. Aproximó sus largas uñas al cuello descubierto de Tom; iba a degollarlo. Sus ojos se abrieron de sobremanera, estaba tendido en el suelo junto a él, ¿qué había hecho? Estaba… ¿muerto? La sangre brotaba de la herida de su cabeza.
– ¿Está muerto? –. Dijo Tom con temor. Dieron la vuelta a Bill y lo dejaron descasando boca arriba. Tenía pulso,  el golpe no había sido tan fuerte como para matarlo, solo le había  dejado inconsciente. Los dos se sentaron a los lados del cuerpo y resoplaron sonoramente.
– ¿Qué hacemos con él? –, dijo Tom amargamente –. ¿Cómo hacemos que vuelva a ser el mismo?
Georg miraba el candelabro, ahora sobre la mesa, humedecido en sangre. Pero no dijo nada, no sabía que hacer en esta situación. El cuerpo de su amigo empezó a moverse de una forma extraña, temblando violentamente. Ambos se acercaron a él. Y entonces sus ojos se abrieron repentinamente, abrió  su boca mostrando sus colmillos y entonces, cuando los dos creían  que este era su final. Una mano entró inesperadamente en la boca el muchacho, abriéndose paso por su garganta y destrozándola a su vez.
– ¡Béatrice! –. Dijeron los dos al unísono perplejos ante tal suceso. La chica continuó introduciendo su mano, parecía que fuese a partir al chico por la mitad, tenía totalmente dentro su brazo.
– Béatrice –. Musitó Tom. La chica comenzó a sacar el brazo. Georg y Tom la miraban sin saber que hacer ni qué decir. Y entonces los dos lo vieron, una piedra del tamaño de la palma de su mano, salpicada de una sustancia negra parecida al alquitrán, no podían creer que se tratase de la segunda piedra. La chica limpió la superficie de esta y vieron la estrella de cinco puntas.
– ¿Pero cómo? –. Dijo Tom.
– No lo sé, solo supe que estaba en Bill.
Los tres centraron su atención en el muchacho de cabellos negros, que respiraba con dificultad. Béatrice acarició su rostro y él la miró, sus ojos había vuelto a ser marrones, él había vuelto a ser Bill.
– Lo siento. No supe hasta que punto te podía hacer daño. Pero tenía que intentarlo.
La habitación había quedado destrozada, llenas de rasguños y sangre, pero lo más preocupante era su herida, la gran marca que había dejado en el cuello de Béatrice, que todos desconocían hasta que punto podría afectarle.


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Siento el retraso, espero que les haya gustado. ^^

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La Mansión II - Capítulo 1º




Capítulo
En la oscuridad

Bill temblaba, estaba asustado, muy asustado. Temía que saliera todo mal y su vida acabara. No entendía como podía haber perdido un juego tan tonto, por Dios, como podía perder en piedra, papel o tijera. A lo mejor fue mala suerte, o el destino…
No sabía en que momento a  Béatrice se le había ocurrido una idea tan alocada, era imposible que esto saliera bien. Bill le dirigió una mirada suplicante, ella solo le sonrió intentando calmarle. Pero el miedo del chico sólo se intensificó.
El bosque mostraba su lado más oscuro a estas horas de la noche, la tenue luz de la luna apenas llegaba a ese lugar tan escondido,  el corazón del bosque. Un aullido se hizo escuchar a escasos metros. El muchacho comenzó a temblar, sujetó la pequeña navaja entre sus manos temblorosas, y sacó la punta de esta. Se llevó la mano hacia la garganta y mantuvo la pequeña cuchilla  en su carne. Observó de reojo a su hermano, Tom estaba preparado, pero él no. Béatrice salió de entre la maleza, y echó a Bill de su posición. Cogió la navaja que éste llevaba en la mano, y sin pensarlo dos veces, seccionó la fina piel de su cuello. Ellos olerían la sangre, de eso estaba segura, pero quería que viniera pronto para evitar algo mayor. Hizo un corte en su pecho, este más profundo, la sangre no tardó en brotar de la herida y entonces, lo vio, era solo uno, pero con eso bastaba, los ojos luminosos del animal brillaban con ferocidad, venía a por ella. Béatrice sonrió a la espera de que el animal se lanzara sobre ella, no sentía miedo, confiaba en que todo saldría bien. El perro se preparaba para atacarla, ahora era cuando tenía que relajarse y dejarle a sus anchas. Cerró los ojos fuertemente para luego mirar al cielo, una noche despejada de luna llena, todo saldría perfecto. El animal rugió y se encaminó hacia la muchacha, en el último instante  se lanzó a su cuello y entonces golpeó su mandíbula.
Béatrice bajó la mirada, y se encontró a Tom de espaldas a ella, con la mirada puesta en el perro que se retorcía de dolor. Sonrió alegremente, el plan había salido según lo previsto, el golpe que Tom le propinó con el tubo de metal había desencajó la mandíbula del animal, pronto aparecerían. Georg y Bill salieron de entre los arbustos. Bill se acercó a Béatrice lentamente, se hallaba decepcionado consigo mismo  por haberse acobardado en el último instante, nunca se perdonaría una calamidad como la muerte de Béatrice. Dirigió su mirada al suelo, para luego pedirle disculpas  en un susurro triste y casi inaudible, ella sólo le sonrió indicándole que todo estaba bien.
Un grito se escuchó, ahora vendría la verdadera diversión.
– Os advertí que no vinierais más a mí bosque –, gritó enfadado –. ¿O queréis lo mismo que vuestro amigo? –. Añadió perversamente.
– Lo sabemos, hemos venido aquí por una cosa y nos marcharemos gustosamente si nos ayudáis –. Dijo Béatrice.
– ¡Mi perrito!, ¡mi perrito! –, gritó la niña entre sollozos –. ¿Por qué le habéis hecho esto a mi perrito?
– ¿Cómo os atrevéis a venir aquí? y para colmo pedirnos algo. ¿Acaso no os percatáis de quiénes somos y de lo que somos capaces de hacer?
– Lo sé perfectamente, pero le tenéis mucho aprecio a esos perros. Demasiado diría yo. Sólo queremos una cosa y nos marcharemos para siempre de vuestros bosques. Lo juramos.
– ¿Qué demonios queréis? –. Gritó la niña llorando mientras abrazando a su perro.
– ¿Dónde está Gustav? –. Dijo Tom seriamente.
– Hicisteis daño a mi perrito por ese estúpido. ¡Malditos idiotas! –. Gritó la niña muy irritada.

– Decidlo de una vez –. Dijo Georg exasperado por saber su respuesta.
Los niños contemplaron a los cuatro muchachos. La niña rió a carcajadas, ellos habían sido muy imprudentes por haberse metido aquí.
– Estúpidos, ¿cómo podéis pensar que lo diremos? –. Dijo la niña separándose del animal.
A Béatrice se le marcó una sonrisa en sus labios, Tom agarró el tubo lo elevó por encima de su cabeza, y se apresuró a golpear en el cráneo al animal.
– ¡No! –. Gritaron al unísono los  niños. El tubo metálico se quedó a milímetros del perro.
– Lo sabéis –. Dijo Béatrice muy seria.
– No sabemos donde está. Sí, lo hicisteis para nada.
Béatrice estaba más que indignada, confiaba plenamente en que ellos lo supieran. Caminó hacia el niño que estaba a un metro de ellos, le observó desafiante y éste no hizo más que sonreírle lúgubremente.
– No sé donde está, nadie lo sabe.  Pero…
– ¿Pero? –. Dijeron los cuatro a la vez, impacientes por saber más.
– Nadie sabe donde se esconde, pero podéis intentar buscarle. Tendrá que estar en algún lugar entre Francia y Alemania.
– ¿Tu sabes lo grande que es esto? ¿Cómo quieres que le encontremos así como así? –. Casi gritó Bill interrumpiendo al niño.
– Son trece símbolos, los reconoceréis por la estrella de cinco puntas. Os llevarán a el lugar donde esté vuestro amigo –, dijo el niño –. Por supuesto tenéis que encontrarlos todos, sino no podréis formar el puzzle.
– Tengo que encontrarlos obligatoriamente para hallarle –. Respondió Béatrice.
– Es la única forma que tenéis de localizarle. Si encontráis los símbolos, le encontráis a él. Y no, nadie sabe donde se esconden.
Béatrice miró a sus compañeros dudosa. Ellos se encontraban iguales o más confusos que ellas.
– ¿Pensabais que esto sería fácil? –. Dijo la niña sarcásticamente.
Béatrice le lanzó una mirada de odio e indignación. Esto iba a ser complicado, y no esperaba menos, ella haría lo que estuviera en sus manos y más para encontrarle.
– ¿Y cómo localizamos los símbolos? –. Preguntó Georg.
El niño sacó una especie de piedra deforme, que tenía un tamaño similar a la palma de su mano. Se la dio a la chica y pudo apreciar el símbolo de la estrella de cinco puntas hecho en relieve en una de las caras de la piedra, en la otra no encontró nada. Ellos se aproximaron a la altura de la chica y observaron lo que le dio.
– ¿Y cómo se supone que debemos encontrar el próximo fragmento? –. Dijo un Bill enfadado.
– ¿En serio? Pensé que seríais más inteligentes, pero que me iba a esperar de vosotros cuatro –, la niña se detuvo –. Es obvio que tenéis que empezar por recorrer los diversos pueblos donde se dio una de las  mayores matanzas. Toda centro Europa. Y no hablo de otra cosa sino de la caza de brujas.
– Pero la mayoría no lo eran –. Dijo Béatrice interrumpiéndola –. Es decir, muchas de esas muertes fueron injustas, las sometían a pruebas estúpidas.
– Muchas eran simples muchachas, otras en cambio no. Espero no volver a veros por aquí nunca más –. Dijo el niño antes de desaparecer en una nube de polvo, al igual que su hermana.
Béatrice observó, frustrada, la piedra; una simple piedra. La guardó delicadamente en su bolsillo. Las primeras luces del amanecer fueron acabando con la oscuridad de la noche.


A pesar de que fueran las siete y media y el sol tuviera que hacer acto de presencia, el mar aún se encontraba bajo las estrellas, en el horizonte se dibujaban finas líneas de luz rosada que rompían totalmente la oscuridad del cielo. El sol comenzó a salir por el horizonte hipnotizando la mirada  llena de odio de Gustav, que cada vez moría un pedazo más de él al ver que le era imposible escapar, al darse cuenta de que no había otra escapatoria que someterse a ellas.
Camille había entrado en la estancia, y una vez más volvía a encontrar a Gustav despierto, sentado en el hueco de la ventana, observando el alba. Ella dejó una pila de libros escogidos rigurosamente por ella en la pequeña mesa de madera de cedro. Por un momento sintió lastima, por una milésima de segundo se arrepintió de que él estuviera ahí. Pero luego pensó en todos estos años de costoso esfuerzo, estaba segura de que esta vez funcionaría y le daba absolutamente igual lo demás.
– Gustav –, pronunció Camille fríamente –. Esto es para ti. Ya que no vas ha moverte de aquí podrías alimentar tu cultura literaria.
Y eso fue lo último que dijo antes de marcharse. Dejándole totalmente hundido por esas palabras tan duras de escuchar, pensando una y otra vez, ¿qué pasaría después?, ¿para qué le querían?, ¿dónde se encontraba?
Recostó su cabeza sobre la pared y siguió contemplando el amanecer, intentando olvidar las palabras de Camille.


Los dos mapas indicaban las nueve ciudades donde debían ir. El pueblo más cercano a donde se encontraban era Saint Jean pied de pond. No entraba en la gran caza de brujas, pero sería un sitio por donde comenzar su búsqueda. Y al fin y al cabo tenían que pasar por ese pueblito antes de ir a Bidarray.  No obstante, no podían marcharse sin antes despedirse de Joel, por supuesto siempre sin desvelar la dolorosa verdad.
– ¿Iréis a Alemania en coche? –. Dijo Angélique sorprendida –. ¿Os estáis volviendo locos?
–  ¡Estamos casi en la frontera! ¿No será mejor que valláis en avión?
– No, queremos visitar los pueblitos y ya sabes, hacer turismo rural –. Dijo Bill.
Todos le observaron incrédulos, desde cuando a Bill le gustaba hacer turismo rural.
– Bueno, este sitio no está tan mal después de todo –. Mintió Bill al percatarse de las miradas.
– Como queráis –. Se rindió Joel después de haber intentando convencerles.
Los chicos subieron las maletas al coche rápidamente, la tormenta había empezado en el peor momento. Joel y Angélique les miraban  tristemente.
– Decidle a Gustav que me mande una carta o lo que sea cuando lleguéis –, dijo Joel –. Aún no he recibido ninguna señal de vida por su parte. – Añadió entre risitas.
Se les heló el corazón cuando escucharon esa frase.
– Lo haremos –. Dijo Georg con la voz quebrada.
El coche arrancó y se vio a lo lejos dos figuras despedirse, para luego entrar a la mansión y esperar pacientes esa “señal” que tal vez no llegaría nunca, y eso les causaba temor, que su amigo no estuviera con ellos, que cuando llegaran fuera tarde y en vez de una fiesta de reencuentro celebraran un triste funeral.
Béatrice era una figura borrosa entre la maleza, esperando ver los faros del coche de Joel avanzar por las viejas callejas. Observó los rostros abatidos de los chicos por tener que mantener esa esperanza en él. Subió al coche empapada y sin decir nada continuaron su viaje.
Yacía acostado en la cama,  era la primera vez que podía disfrutar plenamente de un  largo descanso, hasta aquel momento en el que un grito le despertó. Se levantó sobresaltado, con el corazón latiéndole velozmente. Pensó que podría haber sido imaginación suya, no era la primera vez que escuchaba un grito en la noche y no le pertenecía a otra cosa que a su cabeza.  Observó la estancia, todo seguía en su sitio, la tenue luz de la lamparita, la ventana abierta de par en par y esa montaña de libros que seguía descansando sobre la mesa, a excepción de uno, que reposaba sobre su pecho. Había estado leyendo La divina comedia, era una de las primeras ediciones, cuando se percató de ello le dio mucho en que pensar; ¿desde cuándo habían estado ellas en este mundo?  Pero no iba a volver a perturbar su mente con otra pregunta más, sólo le quedaba refugiase en ese libro.  Reposó su cabeza en la almohada, y continuó con otra frase más. Pero no pudo seguir, dejó el libro a un lado. Sabía que esto no podía ir tan bien, tal vez ese grito no fue invención suya, que era lo más posible. Se aproximó a la  puerta y la abrió lentamente, se aseguró de que fuera no había nadie, como siempre, la casa parecía estar  vacía, pero nunca era así. Dejó la puerta cerrada tras su salida y caminó lentamente hacia el pequeño puente que le llevaría al otro lado de la casa, pasando por encima del salón. Había llegado a la altura de la puerta de la habitación de Natalie, la intentó abrir, pero estaba cerrada. El grito volvió ha quebrar ese silencio sepulcral. Gustav ya sabía a dónde debía dirigirse: al sótano de la mansión.

– ¡Que lindo! –. Dijo Bill sarcásticamente.
– No está tan mal, de todas formas ya es tarde. Mañana iremos al siguiente pueblo –. Anunció Béatrice mientras abría la gran puerta de madera desgastada.
 Los muchachos se acercaron al pequeño hostal, pasando a un pequeño, sucio y mal cuidado recibidor. La mala iluminación hizo que Georg dudara en acercarse o no, a la recepción, aún así lo hizo y  no encontró a nadie tras él. Tom observaba el lugar, era muy siniestro, sólo le infundía desconfianza; daba la impresión de estar abandonado. Miró a Béatrice, ella mostraba su semblante igual de adusto, siempre sospechando de todo.
El sonido inconfundible de un ratón se escuchó en toda la planta baja y se vio como recorrían dos pequeños roedores el salón.
– ¿Y si nos vamos? –. Dijo Bill asqueado.
– Aquí no parece haber nadie. Está todo oscuro, lleno de polvo y además, no parece un buen lugar donde pasar la noche –. Añadió Georg.
Todos escucharon un horrible crujido de la planta superior. Ellos miraron a Béatrice, suplicándole con la mirada que se fueran. Una luz  se asomó por la esquina de las escaleras, avanzando lentamente hacia ellos, emitiendo crujidos extraños a su paso, inconcientemente retrocedieron a la salida, al  ver con una mayor claridad, que aquella luz la emitía un candelabro, Bill agarró desesperadamente el picaporte de la puerta, y tiró, pero la puerta no cedía.  Se encontraban arrinconados, muertos de miedo y sin escapatoria. En aquel momento, una arrugada y huesuda mano se elevó hasta la altura del rostro de Béatrice. Se encontraba paralizada, sin saber como actuar, cada vez veía la mano más cerca de ella, pero no la tocó, no le hizo daño, evitó totalmente el contacto con la joven y metió su mano en un hueco entre los cuerpos de ella y Tom. Y entonces la luz se hizo en toda la estancia, dejando a los chicos perplejos. Se trataba de una mujer extremadamente mayor. Supusieron que la dueña del hostal. Ella empezó a hablar  
muy apresuradamente, atropellando más de una letra. Los chicos suspiraron sonoramente al ver que se asustaron por nada. Béatrice y la mujer tuvieron una pequeña conversación, y luego ya estaban siguiéndola por las escaleras. Un pasillo lleno de puertas les esperaba. La mujer abrió una, pero al segundo la cerró, sin dejar verles lo que había dentro.  Ellos, aunque extrañados siguieron caminado. Los llevó a la última habitación, le entregó las llaves a Béatrice,  y se marchó por donde había venido.
 Al entrar, un horrible hedor más pestilente les dejó con cara de repulsión.
 – ¡Oh! Que asco, ¿por qué huele tan mal? –. Dijo Bill.
Béatrice buscó el interruptor por la pared izquierda de la habitación  y al encenderlo vio una habitación pequeña polvorienta y con una única cama de matrimonio.
– ¿Qué demonios es eso? –. Dijo Georg mirando la cama.
Los cuatro chicos se dirigieron a la cama y la rodearon observando una macha de un color marrón oscuro que se extendía en las sábanas blancas. Se miraron ente ellos, nadie tuvo el suficiente valor para destapar la cama a excepción de Béatrice, que ya estaba aproximando su mano a la esquina superior. La cogió entre sus dedos y tiró de ella destapando la cama.
– ¡Oh Dios! –. Musitó Bill atónito.
Una gran masa burbujeante de color marrón habitaba en el colchón de aquella cama. Los cuatro se aproximaron a la salida, no se iban a quedar ahí un segundo más, Tom tiró de la manilla de la puerta y salieron al pasillo, corrieron hacia las escaleras cuando la mujer salió de la nada y empezó ha decirle un montón de cosas en francés. Los tres chicos se detuvieron y la miraron sobresaltados. Mientras Béatrice le daba excusas a la mujer para marcharse. Les guió a otra habitación mucho más amplia y bastante más aseada que la otra, cuando la mujer se marchó, los chicos comenzaron a revisar la cama, con temor a volver a encontrar semejante cosa como aquella, pero no daba indicios de nada.
– ¿Qué demonios era aquellos? –. Preguntó Bill temeroso –. ¿De verdad tenemos que quedarnos aquí?
– No podemos hacer otra cosa, la lluvia aún no ha amainado y necesitamos descansar –. Dijo Béatrice –. Y no quiero saber que era aquello.
Bill y Tom bajaron a la recepción, pero subieron al no ver a nadie. A saber donde estaría ahora mismo aquella mujer. Mientras que Georg  se dedicaba a revolver la habitación, nunca se sabía qué podría esconder un lugar tan insólito como este.

[…]

– ¿Dónde estará? –. Musitó Béatrice. Se encontraba sentada en una esquina de la bañera, abrazando las rodillas con sus brazos. El agua que caía sobre ella borraba las lágrimas de su rostro.
– Tengo que encontrarle –, se dijo Béatrice –. No voy a permitir que le ocurra nada.
Aproximó su mano fuera y alcanzó una de las toallas, se la colocó de manera que rodeara su cuerpo, y luego obtuvo otra para secar su cabello rubio. Se vistió con una camisa negra y shorts, y se dispuso a salir del cuarto de baño. El pasillo permanecía en silencio, y en una oscuridad total si no fuera por esa luz que residía al final del pasillo en la zona de las escaleras. Pero, en esa luz habitaba la sombra de su amigo Bill, que estaba quieto con los brazos a ambos lados de su cuerpo.
– ¡Bill! –. Dijo Béatrice. Pero no obtuvo respuesta. Se vio obligada a acercarse más, hasta que llegó a su altura. La alargada sombra del chico le ponía los pelos de punta, con esa figura delgada y su gran melena dándole ese toque tan siniestro.
– Bill –. Murmuró la chica algo asustada. Pero no escuchó nada, se aproximó aún más y la sombra se zarandeó  levemente, lo que hizo que la chica se moviera hacia atrás.
– Bill, me estás asustado. Por favor dime algo.
– ¿Con quien hablas Béatrice? –. Dijo una voz tras ella. La chica se giró sobresaltada y encontró al chico de cabellos negros detrás.
– Pensé que ese eras tú pero…– La sombra de la pared ya no estaba, pero en cambio Bill si.




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martes, 9 de noviembre de 2010

La Mansión II - Introducción



Introducción

Las olas chocaban contra las rocas del islote. La mar se encontraba embravecida por la tormenta y es que llevaba así desde que se trasladaron aquí, haría hoy dos semanas.
Se le había echo tan largas, parecía que los días no trascurrían como antes, todo sucedía tan lento y deprimente…
Un trueno resonó, envolviendo el día  en una atmósfera más lúgubre. El mar se agitaba violentamente, las olas casi alcanzaban los cuatro metros, ¿iba a ser así toda su vida? Atrapado en esta triste isla.
– Gustav –. Le llamaron.
Él se volvió hacia la chica, que le observaba desde la gran puerta de su habitación.
– ¿Qué? –. Musitó el chico tristemente.
– Vamos Gustav. – Dijo Natalie.
No podía hacer nada más que obedecerla. Bajó del espacio de la ventana, lugar donde solía observar el mar, con la esperanza de que alguien le encontrara y le liberara de ellas.  Natalie era su poseedora y él no era más que un sirviente, su prisionero. A veces se preguntaba que hubiera sucedido si no lo abría hecho, si no le hubiera jurado obediencia. Pero si no lo hubiera hecho Béatrice estaría muerta y sus amigos serían unos animales para siempre. Por eso nunca se arrepentiría de lo que hizo esa noche.
La silla se retiró hacia atrás, dejando que Gustav se sentara. Ese tipo de sucesos sobrenaturales le dejaban perplejo, no cabía en su cabeza, cómo pudo vivir ignorando todo esa brujería, desconociendo que vivía entre seres paranormales. Y lo peor es que aún no sabía lo que podían llegar hacer y esa incertidumbre le aterraba. Sólo sabía que ellas no eran humanas y por lo tanto nunca se libraría de ella hasta el día de su propia muerte.
– Gustav –. Dijo Éline.
El chico  levantó la mirada y observó a la chica de cabellos oscuros sonreírle desde el otro extremo de la mesa.
– ¿Hubieras preferido que ese cuerpo sin vida fuera el de Béatrice? –. Dijo mostrándose tan indiferente como siempre.
Él dirigió una vez más su vista a aquella chica, que se encontraba al lado de un carrito de tres bandejas donde aguardaba el postre.
– No, por supuesto que no. ¿Quién es? –.  Dijo en un hilo de voz.
– No lo sé, ¿te gusta lo que hice con ella? –. Preguntó amargamente.
Él la miró triste, ¿cómo podía existir un ser así?
– ¿Tú le hiciste eso? –. Preguntó aún atónito y sin creérselo del todo.
– Claro que sí. No puedo permitir que alguien más hermosa que yo esté aquí.
Observó fugazmente el rostro de la chica, cuando llegó aquí, el mismo día en el que ocurrió todo;  ella fue la primera “persona” que vio, porque dudaba que fuera una persona.  Su cabello blanco se extendía hasta la cintura, y era el único rasgo hermoso en ella. Sus ojos eran exageradamente extraños, eran totalmente negros y con una fina línea de color azul oscuro. Su piel era blanca, muy blanca, como la nieve. Pero el detalle más impactante eran sus labios unos labios rosados, cosidos de una manera inicua, como muchas de las partes de su cuerpo, que se encontraban unidos por gruesos hilos negros.
– ¿Por qué eres así? –. Susurró.
– Porque me gusta –. Respondió fríamente.
Pasaron la cena en silencio, como siempre solía ocurrir. Gustav perdido en sus pensamientos de angustia y  soledad. Y ellas… nadie sabe que atrocidades se les pasaría por la cabeza.
 Lo único que se escuchaba eran las olas y ese sonido, una mezcla del viento y lluvia contra el tejado de la casa. Las luces se apagaron, como siempre lo hacían a estas horas de la noche.
La chica, apodada por ellas como “Blanca” se dedicó a encender las velas del gran comedor. Poco a poco ya casi podía ver el rostro de las brujas, que le observaban pérfidamente como esperando algo de él. Lo hacían siempre, cada noche en la hora de la cena lo miraban detenidamente. Nunca preguntaba por qué, tenía miedo de ellas, y esos ojos fríos como glaciales que le asechaba; era lo que más pánico le producía.


Había pasado unas semanas, y cada día le costaba más hacerle creer a Joel la gran mentira. Y para ellos era duro decirles lo mismo de siempre,  que su hijo se había ido a Alemania para descansar unos últimos días.  Pero, aunque tal vez ahora se lo había creído se acabaría dando cuenta de que eso no era así, que la verdad era espantosa y era tan cierta como todo lo que había ocurrido estas pasadas semanas.

Béatrice se encontraba hundida en la miseria desde que él se había ido, y no podía sentirse menos culpable, le había salvado la vida a cambio de la suya. Repasaba una y otra vez lo torpe que había sido cuando ellas la secuestraron, había faltado poco para que el cuchillo atravesara el corazón de Camille, pero no contaba con que otra estuviera ahí ese día, con Éline, desechaba la idea de que ella también se encontrara en su casa. Y sólo por su error él había desaparecido sin dejar rastro.
Mientras los chicos intentaban hacer creer que realmente Gustav se encontraba en Alemania. Se había encaminado hacia la casa abandonada, en busca de cualquier indicio  del paradero de Gustav.
Se lanzó por le agujero del  piso de madera, justo el que Gustav había causado la primera vez que vino aquí. Ella se encaminó por los pasillos de la casa, sabía que tenían que tener algún sitio escondido, alguna guarida donde tramar sus planes, y ella se encargaría de encontrarlos. Se guiaba según las marcas rojas que había dejado en la pared, si no acabaría perdida y no le gustaría quedarse atrapada aquí.
Se había dado cuenta de que esto no era más que una serie de túneles, cuatro más bien, y con una gran estancia en el medio, lo sabía gracias a toda esta semana investigando este lugar.
A la primera semana de búsqueda, era más que obvio que Gustav ya no estaba aquí, era imposible y  le frustraba no poder saber donde estaba. Y negaría hasta el final que él hubiera muerto.
Divisó una pared sin rastro de  permanente rojo.
– Por fin un lugar nuevo que descubrir –. Dijo. Caminó lentamente, posando sus pies suavemente en el suelo de hormigón. Ese pasillo carecía de luz, pero tenía que atravesarlo. Sacó la linterna del bolsillo de su abrigo, presionó el botón con delicadeza, cómo si alguien pudiera escuchar el diminuto sonido. Avanzó guiada por la luz, hasta hallar una puerta de madera, encontró la manilla sin dificultad e intentó abrirla, pero los años habían conseguido hacer de esa puerta un infierno para quien la quisiera abrir. Béatrice no tuvo más remedio que golpearla rudamente con su pierna hasta que la consiguiera abrir. La puerta cayó haciendo un estruendoso sonido, la horrible fetidez que expulsó la habitación, le produjo nauseas. Era una mezcla entre “algo” en descomposición y el inconfundible hedor a cerrado, y esto no le causó muy buenas vibraciones. Más bien, sentía temor  y a la vez curiosidad por saber que producía esa pestilencia.  Alumbró la superficie polvorienta de la habitación. Un escalofrío recorrió su espalda, su corazón latía vertiginosamente, pero tenía que entrar. Avanzó tres pasos y enfocó con la linterna toda la habitación, comprobando que no había nadie entre la oscuridad. Palpó por la superficie de la pared e intentó localizar el interruptor, pero carecía de el, no tenía tiempo de descubrir un interruptor que tal vez ni existía, y siguió avanzando temerosa por la habitación. Se detuvo a menos de un metro de la puerta, para intentar observar mejor lo que había en el suelo. Se puso en cuclillas, examinando cada trazo del suelo, eran líneas hechas con tiza blanca que formaba una estrella de cinco puntas. Esta era la habitación que buscaba, aquí debería de encontrar lo que tanto anhelaba. Caminó rodeando la estrella del suelo, temía y desconfiaba de todo, le era imposible fiarse de una persona, ya sus sentimientos eran oscuros con respecto al mundo, esa fantasía que sus padres le habían hecho creer años y años, se rompió el día en el que la triste realidad mató a su novio, y después de tantos años en silencio sin haber nombrado lo de aquel día, y menos el nombre de… Andrew, otro le había  sonsacado la lobreguez que habitaba dentro de  ella, para luego formar parte de su pasado.
Observó con los ojos llorosos la mesa de metal oxidada, donde habitaban libros, papeles y demás. Abrió un grueso libro de color carmesí y se encontró con un montón de palabras en un francés antiguo.
“¡Genial! –. Pensó.” Aunque el libro estuviera en otro idioma sería algo ventajoso tener algo así, pero, ¿por qué lo dejaron atrás? Entonces empezó a percibir ese olor todavía más fuerte. Agarró el libro y aunque le costara soportarlo exhaló más de esa pestilencia,  tenía que divisar que era. Cada vez era más intenso y nauseabundo y por fin  encontró el culpable.  Era una especie de animal, tal vez un ciervo, descuartizado en el suelo de la estancia. Retrocedió unos pasos, se encontraba mareada y fatigada por la escena,  iba a apoyar  su mano en la mesa,  con tan mala suerte de haber encontrado algo peor. Era un cuenco repleto de órganos, sacó la mano de inmediato y la sacudió intentado liberarla de las tripas del animal, y la sangre. Se alejó lo máximo posible de la mesa, pero el pánico y las ganas de salir de ese sitio la hizo caer al suelo torpemente.
Béatrice se reincorporó e intentó tranquilizarse, temblaba del susto de la estúpida caída además de todo aquel montón de viseras que la había dejado asqueada. Se dio cuenta de que había tropezado con una pila de libros que yacía en el suelo.
– Tranquila Béatrice, no ha pasado nada –. Se dijo intentando tranquilizarse.
Se levantó del suelo y sacudió sus ropas de tiza blanca. No podía creer que hubiese caído en el centro de la estrella de cinco puntas. Salió apresurada del extraño símbolo, cogió el libro que había tirado al suelo y su linterna, y decidió continuar un poco más en su búsqueda, no quería volver aquí, por eso aún tenía que quedarse para explorar por completo la habitación.  Alumbró la mesa para conseguir una visión mejor de los papeles, algunos no eran más que simples folios en blanco, pero otros tenían más de esas estrellas. Cogió todo papel con ese símbolo y los metió entre las páginas del libro. En aquel momento lo vio, oculto entre folios y libros, se trataba del plano de la casa. Dejó el libro a un lado y  lo cogió entre sus manos, no se lo podía creer, era un sótano inmenso con cientos de pasadizos que serian capaz de  hacer prisionero a cualquiera, era un perfecto laberinto.
Cogió los planos y el libro, ya estaba bien por hoy, otro día volverá para examinar el resto de la casa. Miró el reloj que marcaba las once de la noche, era demasiado tarde. Avanzó hacia la puerta y empezó ha atravesar a prisa los pasadizos, no sin antes marcar el que acababa de recorrer con su permanente rojo. Entonces, un ruido perturbó la silenciosa casa, haciendo que Béatrice se detuviera en seco. Una luz apareció al final del pasillo, alguien había entrado y estaba casi segura de que serían ellas. Las altas figuras oscuras y siniestras se hicieron ver, la chica no tuvo otra opción que  correr en dirección contraria, con los escandalosos pasos de las brujas tras suya. Su corazón se aceleró cuando escuchó su nombre en los labios de aquellas, no tardó en darse cuenta que se había equivocado de camino y una extensa pared de hormigón le cortaba el paso. Se giró lentamente, ellas la rodeaban. El miedo paralizó todos sus músculos y sintió como las frías manos de ella la agarraban sus muñecas.
– Béatrice –. Dijo. Pero la voz que sonó no era de una chica.
– ¿Tom? ¿Eres tú? –. Dijo la chica asustada.
Los tres chicos se encontraba a su alrededor, observando preocupados a la chica, ella se sentía muy aturdida.
– ¿Qué hacéis aquí? –. Preguntó sorprendida.
–  Lo mismo que tú. Buscarle –. Dijo Georg en tono melancólico.
– Primero salgamos de aquí. Luego os diré que he encontrado.

[…]

Contempló la casa desde el coche, pero ahora  sólo le importaba  lo que había hallado.
Dejaron el coche en la entrada, sin todavía entrar en los dominios de los Dubois. No sabían que decisión tomaría Béatrice, si visitar a Angélique o marcharse.
– ¿Qué harás? –. Dijo Tom.
– He encontrado algo interesante, pero no consigo saber que idioma es, pensé que era francés antiguo, pero no tengo ni idea.
– ¿Qué pasó realmente? –. Dijo Bill interrumpiendo a Béatrice –. ¿Qué ha sido de Gustav? Tú fuiste la última en verle.
Béatrice quedó estupefacta por las palabras de Bill. Aún no les había contado mucho de ese día, había estado esquivado todas las preguntas de ellos, y sobre todo, temía que le preguntara…
– ¿Dónde está? –. Dijo Bill sacando a Béatrice de sus pensamientos.
Lo había dicho, la frase que le había asustado todo este tiempo salió de su boca en el momento menos oportuno. Los tres chicos la miraban esperando una respuesta, suplicaban que dijera donde se encontraba su amigo, pero la verdad era que no
 lo sabía.
– No lo sé –. Musitó.
Bill resopló frustrado, Georg apartó la mirada de ella, para luego volver a mirarla decepcionado.
– No sé que han hecho con él. Pero no está aquí…
– ¿Y cómo lo hacemos? –. Dijo Tom interrumpiéndola.
– ¿A qué te refieres? –. Dijo Bill.
– A cómo le encontramos, porqué tenemos que encontrarle.
– Creo que sé quien puede ayudarnos –. Dijo Béatrice sonriendo.

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Espero que les guste y que comenten =D

viernes, 5 de noviembre de 2010

La Mansión II


Los personajes son de la banda Tokio Hotel , pero la trama es mía. ^^


La Mansión II
Una mansión diferente, pero con una historia de terror que contar.
-Resumen -

Hace dos semanas de la desaparición de Gustav, mientras él se encuentra prisionero en una mansión aislada del mundo; Béatrice, Bill, Tom y Georg harán todo lo posible para encontrarle esté donde esté.
Pero, cada vez los planes de las brujas están más cerca de cumplirse, y Gustav está en ellos.


- Personajes -

Básicamente son los de la La Mansión I.

- Género -

Misterio/Drama/Comedia

-Clasificación-

+16


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